Proyectos

Una caminata de la Ciudad de México a Toluca. El camino desde dentro

 

Cuenta Margo Glantz en su selección de crónicas Viajes en México que el primer camino de la antigua Tenochtitlán al pueblo de Toluca se andaba en 4 días; que en 1526 Hernán Cortés luego de la rendición de Michoacán mandó abrir un Camino Real para la circulación de carretas entre ambas ciudades mismo que debía ser mantenido y vigilado mediante pago por derechos de uso, abriéndose así el primer camino de cuota en el país.[1]

En 1791, un ingeniero militar de apellido Mascaró, fue encargado del proyecto de ampliación a camino de ruedas que reduciría el trayecto a 2 días. El ingeniero Mascaró fue encomendado por el Virrey de la Nueva España a explorar las cuencas de los ríos que circundan la ciudad y así se trazó la ruta que pasaría por Tacubaya, Santa Fe y Cuajimalpa hasta Salazar y Lerma.[2]

El naturalista y explorador Alexander Von Humboldt fue uno de los primeros personajes en transitar la ruta en septiembre de 1803, describiendola como “una hermosa calzada que separa el valle de Toluca del de México”[3]. Con el nuevo camino carretero, el tiempo de viaje se redujo para los pasajeros en coche y jinetes, a uno solo. Otro de los viajeros que recorrieron el camino a finales del siglo XVIII fue el inglés William Bullock a quien le pareció que nada superaba la belleza del camino a Toluca, consideró sus bosques los más grandes de México con muchas flores bellas y desconocidas, el paraíso de un botánico[4]. El recorrido duraba una jornada que iniciaba a las 7 de la mañana y concluía al atardecer, no exento de peligros diversos y atascos frecuentes.

Los viajeros que llegaban a la ciudad de México provenientes de los distintos parajes de Tierradentro transitaron por el camino diseñado por el ingeniero Mascaró hasta 1882, en que se inauguró el Ferrocarril que cubría el recorrido en tan sólo tres horas. Alexander Naime, escritor e investigador toluqueño narra la historia de la llegada del primer ferrocarril a la ciudad: “Juárez había utilizado a la lotería, llamada ya Nacional, para financiar la construcción del primer ferrocarril México-Toluca. Allí comenzó todo”. “Era una mañana fresca del 5 de mayo de 1882, la ciudad se despertaba expectante, […] no sólo porque era el vigésimo aniversario de la batalla de Puebla, sino también porque ese día llegaba el primer tren que comunicaría a Toluca con la capital del país”. “Aquel primer recorrido constaba de 73 kilómetros y los aburridos toluqueños habían realizado toda una fiesta en torno al acontecimiento”.[5]

Así, en busca de un instinto de exploración me plantee recrear este antiguo camino a pie desde un sentido histórico hasta otro simbólico. En nuestros días se construye una nueva vía de tren que reducirá el tiempo del trayecto a 40 minutos. El tiempo y el progreso pueden ser hechos subjetivos, un transporte y su velocidad, no son más que una forma de mirar, de asimilar el mundo. Decidí andar el mismo trayecto que aquel primer tren para observar el paisaje a 3 km/h e integrar esa experiencia en un proyecto: caminar a Toluca para hacer una foto del Cosmovitral como pretexto para reflexionar sobre el camino y añadir todo el valor y esfuerzo del camino a esa foto.

 

El proyecto

Un viaje de 87 km a pié recrea el tiempo en distintas direcciones. En un sentido histórico, recreé el viaje en tren que se hacía a principios de siglo de la Estación Buenavista en la Ciudad de México a la terminal de Toluca; y al andar abrí pequeñas ventanas imaginarias para visualizar lo que un pasajero podía mirar en otros tiempos interpuestos con la vista actual. Desde una locomotora a vapor un pasajero a través de la ventana miraba pronto la ciudad alejarse y enseguida dar paso al campo abierto allá donde comenzaba el pueblo de Tacuba. En un instante la ciudad evolucionó, la revolución de inicios de siglo construyó diversos edificios que transformaron el paisaje, pueblos nuevos aparecieron donde antes había solo prados y templos erigidos a dioses olvidados, un poco más adelante la industria apareció, nada cesa de transformarse desde esta imaginaria ventana en movimiento, distribuidores viales, tráfico, casas y más casas hasta donde alcanza la vista, barrancas antes trazadas por ríos cristalinos, son en un instante un hervidero de pobreza relegada al olvido, numerosos puentes que cruzan el zigzaguear del Río Hondo, que ahora transporta sólo desechos.

El tren por fin sobrepasa la mancha urbana actual, queda en el camino sólo el rugir de la locomotora que atraviesa los cerros desde sus laderas. El viaje desde esa ventana entonces adquiere un sentido distinto, se torna interior, el tránsito poco a poco nos pone en un estado de flujo que permite al pensamiento profundo abrirse paso a nuestra conciencia, abre una ventana al inconsciente. El rugir del tren es ahora la cadencia rítmica de mis pasos sobre la grava entre los durmientes, un largo camino por andar, me dijeron que encontraría peligros, que nadie camina por ahí, una ruta abandonada en la que no pasa un tren hace más de 30 años, regreso a mi, me detengo, escucho fascinado el silencio, continúo.

La caminata también tuvo un sentido simbólico: un viaje desde el centro de una ciudad interior, a una realidad exterior, salir de mí, para mirar al mundo desde fuera. Cuando se habita sólo en el interior, el mundo es una realidad aparte, separada de nosotros, y en esa división puede aparecer el miedo; al otro, a lo diferente, a lo desconocido. Hacer ese viaje desde dentro fue reconocer esos miedos y transitarlos, unirse con esa realidad exterior hasta hacerla uno. La transformación interior a través de la reflexión y el contacto que otorga el viaje con realidades más simples, más profundas, como el viaje de los ancestros, moviéndose a pie por el mundo, el contacto con la vida más allá de las ciudades.

Luego de dos días y medio de caminata, la llegada se sintió como terminar un maratón inmenso por primera vez, aunque cansado, tuve la sensación de que podía continuar caminando mucho más. Lo posible de repente se expandió.

 

 

La trampa del miedo

Tras 5 años de tener este proyecto en mente, por fin me atreví a hacerlo, la tarde que se me ocurrió me puse a mirar la ruta en el visor de calles Street view de Google, no podía mirar todo el trayecto, pero sí darme una pista de lo que encontraría, y lo que vi me aterró: pobreza, marginación y abandono en buena parte de la ruta. Las vías abandonadas de un tren pueden ser un lugar hostil, un lugar por el que uno sabe que no tiene que ir. El miedo habita en lo más profundo de nuestro ser, es un reflejo de apego a uno y de distancia con el otro; es atrofia del sentido de unidad, aquel que nos hace ver como parte del otro, del todo. Es una ceguera escondida de nuestra razón, no podemos evitar un miedo diciendo que no lo tendremos más, ¡tenemos que salir!, de nuestra mente, de nuestro confort, de los escudos que crea la razón para protegernos del exterior.

Estamos tan cubiertos de escudos que olvidamos cómo se siente vivir sin ellos, y necesitamos experiencias cada vez más fuertes, más ajenas, para sentirnos vivos. La verdad es que no hace falta mucho para sentir la vida, un acto tan simple como salir a caminar, hablar con un desconocido y mantener una actitud de reconocimiento de los escudos que nos hemos creado fue suficiente para conectarme con la gente que encontré, les enseñaba una foto antigua y de inmediato contaban algo: —Mi abuela decía que por aquí pasaba la locomotora a vapor— luego daban recomendaciones de por dónde ir, el sentido de comunidad es un escudo contra el miedo.

No quiere decir que el peligro no sea real, es tan real como los demonios que habitan por todas partes. Pero esos demonios a veces también habitan en uno, reconocerlos es mirar la vida como una totalidad, al decir: esto es bello, inventamos la fealdad; al decir esto es bueno, creamos la maldad. El mundo está siempre en equilibrio, al mirarlo así, el temor cesa, nada que nos pueda suceder, cambiará eso. La vida es un territorio salvaje, debemos ser audaces sin llegar a lo temerario, vencer sin combatir, dar respuestas sin hablar, atraer sin llamar, conectar sin temer.

 

La ventana de la atención

La atención es una ventana a través de la que la mente se asoma al mundo. Nos ayuda a concentrar en lo que queremos. Mirar lo fino, el conjunto de tonos y matices de la vida. La atención es una ventana que se abre en cualquier dirección donde la ponemos, es un espacio que abrimos en el espacio de lo real.

Poner atención es elegir un asiento en el tren de la vida, es escoger cómo pasará el mundo frente a nosotros. Es la manera en que aprendimos a mirarlo todo. Algunos transitan esta vía como una bala que cruza la existencia, dormidos frente a esa ventana, sin detenerse a mirar casi nada, todo se convierte en incesante búsqueda de futuro hasta la muerte. La atención es una herramienta para situarnos, y una vez que sabemos dónde estamos, quién somos, cómo somos, cómo se siente la vida, podemos comenzar a vivirla, a transformarla.

A cada paso abro un camino,

el camino del que se busca,

el camino sin camino,

el que está por hacerse,

el camino desde dentro.

A cada paso camino sobre mis propios pasos,

profundo en la naturaleza más esencial,

porque caminar revela algo íntimo de nuestra naturaleza,

un vacío en la mente que abre un espacio,

un trance que disuelve nuestras fronteras.

 

La ventana desde la que vemos al mundo es un visor que nos hemos hecho a la medida, que define qué y cómo se mira todo lo que por ahí pasa. La atención crea al mundo al convertirlo en el propio, el que se vive y se siente. Atención es elegir qué tan vivos queremos sentirnos, qué tan conectados con lo que nos rodea, y darnos cuenta de qué tanto nos agrada o no eso que nos rodea, qué tan pobladas están nuestras vidas del tipo de seres que queremos cerca de nosotros. Vivir en atención es detenernos y bajar del tren en cualquier estación, mirar a la velocidad y en el tempo en el que mejor comprendemos el mundo, elegir la nitidez y claridad de la imagen que creamos del mundo. Bajarse de un tren del que no sabemos porqué o cómo estamos ahí, y comenzar a elegir un camino.

Prestar atención no sólo permite saber lo qué hacemos mientras lo hacemos, también permite visualizar los pensamientos. Enfocarnos en los positivos, en lo que se quiere, en lo que nos construye; también enfocarnos en los negativos, en comprenderlos, en aceptarlos, nos permite mover nuestra conciencia de que se podría ser, o lo que se fue, a lo que se es.

El pensamiento donde no hay atención se convierte en ruido, ¿escuchamos acaso ese ruido?, ¿podemos acallarlo? Al posar nuestra plena atención en algo que se hace, no hay nada que pensar, ni positivo, ni negativo. La atención corta y abre la realidad con un filo de silencio. Nos pone en contacto, aunque sea momentáneo, con el instante mismo de la creación, con la materia de la que todo está hecho, la forma en la que todo se conecta, la atención total convierte al observador en lo observado.

Creamos así nuestra realidad con lo que integramos de una larga y profunda memoria de lo que somos.

La atención es el mecanismo de enfoque de un micro-macroscopio que se ajusta cambiando la distancia entre lo que somos y lo que es. Un movimiento fino de enfoque de un lente que, ajustado con precisión, permite mirar por igual la composición de la estrella lejana en el cosmos, que la luz profunda en el alma. En fotografía se aísla con silencio, abrir o cerrar un diafragma permite hacer foco en un solo plano de realidad. Enfocar es crear desenfoque en todo lo demás.

En mi caso, bajarme del tren en cualquier estación, se convirtió en una forma de vida, un acto de escapismo de la zona de confort, de abrirse al infinito de posibilidades que podemos crear con la elección de nuestro camino. De buscar el gozo en la vida en lugar de esperar a que llegue.

 

Ventanas imaginarias a otro tiempo, el recorrido en imágenes.

 

Hacer de una foto, un acto de sentido

Una fotografía es un acto de complejidad, una serie de variables aplicadas con una técnica para capturar una representación de la realidad que al final muestra más que la suma de sus partes. 50 imágenes individuales se unen para formar una esfera de 360 grados, la energía de apenas un puñado de átomos tomados de una fina capa de tiempo. Decía Cartier-Bresson que hacer una foto es poner la cabeza, el ojo y el corazón sobre un mismo eje, y en esa alineación podemos incluir innumerables elementos. Así nació la idea de no sólo ir y tomar una foto; llenar una foto de sentido es llenarla de todo cuanto le agregue valor, el tiempo y el esfuerzo requerido para tomarla, el trabajo de revelado, su composición posterior, todo agrega valor, a veces invisible en la pieza final. Por eso el hacer del camino a tomarla, un acto simbólico, un elemento explícito que se integra a la foto como discurso. Otro elemento se agrega después, una serie de capas de dibujo de línea que cuentan una historia a partir de las líneas mismas de la foto. Tarea de alta imaginación, dejar que las formas hablen por sí mismas, escuchar a la simetría como un eco de otras complejidades, dejar que la arquitectura del universo se revele en destellos y visiones: En la imagen final un mago saca la cabeza y los brazos a este plano de dimensión y la cruza indetectable, su sombrero cuenta una profecía, carga en su aureola el cosmos, entrega al mundo, sus cantos, sus flores.

 

Cosmovitrál, El mago.

Cosmovitrál, El mago.

 

 

[1] GLANTZ, Margo (comp.). Viajes en México. Crónicas extranjeras, México: Fondo de Cultura Económica, 1986.

[2] SOBERÓN, Arturo. Ramo caminos y calzadas, México: Archivo General de la Nación, (Serie catálogos), 1980.

[3] HUMBOLDT, Alejandro de. Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España. pp. 110 y 464, México: Porrúa, (Sepan Cuantos, 39), 1978.

[4] GLANTZ, Margo (comp.). Viajes en México. Crónicas extranjeras, pp. 152-153, México: Fondo de Cultura Económica, 1986.

[5] NAIME, Alexander. Desarrollo Económico del Estado de México. Apuntes Sobre Políticas Públicas.

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El día de la no acción: Alegoría al tiempo detenido

El día de la no acción

El 12 de marzo de 2016 pasé un día sin hacer nada. No probé alimento ni contesté el teléfono o la puerta, no hablé con nadie, no leí ni escribí nada.
Vivimos tan inmersos en una vida de tareas pendientes que no hacer nada parece una tarea casi imposible, un absurdo sin sentido.

Un día carente de toda acción. Sólo despertar, ir al estudio, marcar un círculo y sentarme a meditar dentro de él todo un día. En un intento anterior de este reto, hace unos años sentado en una cabaña frente al mar en una isla en Tailandia, me propuse una tarea imposible: mirar cómo se vería el mundo sin mí. No como algo fatalista o condoleciente. Me propuse no aportar ni quitar nada del mundo más allá de mi propia respiración. Me mantuve en ayuno y silencio totales en un intento por mirar algo imposible, algo distinto. Aquella vez, ir al baño se convirtió en un problema que desvió por completo mi atención. Fracasé en el intento, tal vez lo haga en otra ocasión. Esta vez me lo permití en una ocasión, ¿puedes encontrar el cuadro de video donde desaparezco?

Un día para abolir el tiempo, en que domine el ser a falta del hacer. Es un ejercicio de autorreconocimiento, un acto simbólico sobre la fuerza de voluntad y sobre mi manera de mirar el mundo. No hacer nada puede producir en algunos una sensación de ansiedad; tenemos que hacer algo, lo que sea. A menudo no hacer algo también produce culpa, como si no fuese merecido darnos ese tiempo. Pasamos días y días haciendo de todo, e igual los días se pueden esfumar sin sentido. ¿Qué es más productivo? hacer un montón de cosas sin sentido en un día o no hacer absolutamente nada en búsqueda del sentido de hacer. No hacer nada es hacer algo. En esta época productivista, se vive esperando el fin de semana como un tiempo para huir de uno, prender la tele y escapar de nuestra mente. Es el momento ideal para consumir, hacer uso de lo que generamos con nuestro trabajo. Éste es el eslabón más fuerte de la cadena que nos ata al sistema. La eterna espera del fin de semana, como el perro que persigue su cola, hasta que no puede más. Romper ese eslabón es darse cuenta de que nuestro tiempo es lo más valioso que poseemos, que está en uno aprender a disfrutarlo todo, sin importar lo que se haga o el día de la semana que sea.

Durante la «acción» me mantuve sentado sobre un círculo que delimitó mi movimiento. En la caligrafía zen, el círculo es la representación del concepto Wu wei (hacer sin hacer) de la filosofía taoísta, sobre el que esta acción está inspirada. El Wu wei (la no acción) es un modo de actuar que no deja marcas, es invisible y armonioso. Una especial forma de fluir sin influir, de vivir sin interrumpir y de favorecer sin impedir. Pilar de un tipo de pensamiento cada vez más escaso en el mundo, la práctica del Wu wei tampoco significa renunciar a la voluntad propia, más bien, trata sobre cómo integrarse a los procesos naturales, fluir como acto liberador de la necesidad de control. El Wu wei es una «quietud creativa», el arte de dejar estar, dejar fluir. No se trata de inmovilidad, de soportar lo que nos altera como acto estoico,  sino de utilizar el autoconocimiento y autocontrol en la búsqueda de cambio, en el descubrimiento de las virtudes propias para fluir ante lo adverso. Lo único que podemos cambiar está en nuestras manos: nuestro comportamiento. De ahí sólo podemos reflejarlo al exterior para contribuir a uno más profundo. La no acción es un tipo de pensamiento que sirve como instrumento de transformación de una sociedad, aunque de manera muy lenta. Valora el proceso de germinación y cultivo sobre la forma simplista de nuestro tiempo de sembrar para cosechar, presionar un botón y obtener respuestas inmediatas, comida rápida que ignora por completo su proceso, vidas desconectadas de los procesos naturales. Este tipo de cambio no está diseñado para quien piensa eso de que «aquí las cosas no funcionan así, que es imposible lograr que la gente tome conciencia, que por eso hay que obligarlos a respetar». Esto que escribo va para quienes creen que es mejor informar y promover una idea que legislar e imponer una norma, invitar en lugar de forzar, apelar a la responsabilidad individual en lugar de imponer sanciones y controles.

Un gran ejemplo de esto lo vimos en días recientes con la imposición de un límite de velocidad a los autos y medidas coercitivas para su aplicación con cámaras, multas exorbitantes y una campaña con tintes de terrorismo de Estado, cuando lo que hacía falta era sensibilizar y hacer entender a los conductores sobre los beneficios de mantener baja la velocidad de un auto con toneladas de peso en una ciudad donde se convive con millones de peatones y otros vehículos. Al final la movilidad se trata justo de eso, de moverse, y disminuir la velocidad es una manera mucho más eficiente para que todos se muevan mejor, nos hace sensibles al bien común. Al final, todos terminaron perdiendo: los límites no son respetados, el ingenio mexicano inventó un montón de trampas para saltar los controles y las pequeñas calles, donde no hay cámaras y es más peligroso andar a alta velocidad, terminan siendo el desahogo de miles de automovilistas enojados y frustrados. La medida coercitiva termina resultando contraproducente.

La filosofía del Wu wei piensa que un estado injusto de las cosas no puede superarse con un movimiento de reacción que fuerce la realidad e imponga un nuevo tipo de desequilibrio, que perjudique a los que antes eran beneficiados y beneficie a los antes perjudicados. Sirva esto desde la imposición de un reglamento hasta la consumación de una revolución. Como algunos podrán ver ya, el Wu wei es el origen del anarquismo y muchos otros movimientos libertarios.

 

 

Alegoría al tiempo detenido

Una fuerza poderosa se revela en uno cuando te toma 45 minutos realizar un movimiento de manos desde las rodillas hasta los ojos. Un movimiento que en video final dura un par de segundos pero que, vivirlo consciente, milímetro a milímetro, te da una perspectiva por completo distinta del fluir del tiempo, de la fuerza y energías que interactúan con el cuerpo. El acto de no acción resultó en una alegoría al tiempo, al que uno se puede dar, al que transcurre inexorable más allá de nuestro control, y una profunda enseñanza sobre cómo fluir con ese tiempo, dejar ser, dejar pasar.

El día comenzó con una larga meditación para estabilizar mis ritmos interiores, hacerme a la idea que no habría comida y reducir mi metabolismo. Después, como acto simbólico fui colocando en un semicírculo alrededor de mí, capullos secos de Selaginella lepidophylla, planta conocida como flor de Jericó o flor de la resurrección, ya que al hidratarse, esta planta seca vuelve poco a poco a la vida y reverdece en el lapso de unas horas. Así, a manera de reloj natural, dividí el día en cinco partes y el eclosionar de las plantas generó una hermosa danza de tiempo en espiral a mi alrededor, como si fuesen pequeños astros orbitando en una constelación personal. La escala en la que el tiempo fue registrado en video por la cámara fue abismal: un cuadro cada 30 segundos, eso es, proyectado a 30 cuadros por segundo, un segundo de video cada quince minutos de tiempo común. Es una escala que disuelve el ego: un minuto sentado sin hacer nada es una fracción mínima, indistinguible de algo que podría perdurar, algo así como lo que para la totalidad de la vida significa un día, una fracción mínima pero significativa, sí es que lo podemos ver. Entrar en esa escala, saber de la presencia de la cámara, «vivir o sentirse vivo» una vez cada 30 segundos me transportó a una medida de tiempo distinta, un tiempo de planetas, desde donde todo transcurre en órbitas, en ciclos interconectados, hacer presente que todo depende de la escala con la que se mira.

El día fuera de la ventana transcurrió a su paso regular. Me dejé llevar por el flujo, jugar con el tiempo detenido dentro del círculo. Mucho se puede hacer cuando no hay nada más por hacer. Poner atención en el cuerpo mientras éste se mueve con mucha lentitud produce sensaciones fuertes y fáciles de observar, un estado de conciencia plena. No sufrí el hambre, pero el andar lento requiere mucha fuerza física y acabé con la energía de mi cuerpo. Como si la energía destinada a la digestión fuera dirigida a la mente, una claridad inusitada me inundó. Fue un ejercicio que recomiendo a cualquiera [con su debida preparación], desconectarse temporalmente de todo, aventurarse a conocer su cuerpo desde dentro para recobrar la conciencia de sí. También se pueden hacer aventuras similares: un día sin comprar nada, un día sin comer nada procesado, un día sin transporte motorizado.

El tiempo que tenemos es único y precioso, aprender que podemos detenerlo, como en un acto de magia, mientras el resto del mundo sigue, para así contemplar la joya atrapada en cada instante.

 

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Un año de Derivas por la ciudad

 

Que el andar propio dibuje la forma de la vida.

 

Salir a pasear es una actividad luminosa, nos lleva un espacio intermedio de realidad, una grieta entre dos momentos: no estamos aquí, ni allá; vamos de paso. Ese espacio es, por lo regular, fuente de gran conexión con el interior y la sabiduría que puede reunir. Es nuestro inconsciente hablándonos mientras miramos por la ventana del autobús con algunos de nuestras pensamientos más claros; pasa que luego estos se desvanecen con el transcurso del día y el resto del tiempo, mientras no estamos en ese tránsito, rara vez establecemos conexión con aquella voz interior. El proyecto de Derivas fue una gran manera de abrir esa brecha, encontrar esa zona intermedia donde el ser desaparece por instantes y solo fluye. Salgo en bici de casa guiado por el azar, me dirijo en cualquier dirección y me dejo llevar por lo que va atrapando mi atención sin pensarlo mucho. Voy despacio, busco lo interesante, rutas desconocidas; a veces voy por lugares tranquilos, me bajo a caminar, divago; otras voy por lugares que requieren toda mi atención: avenidas, zonas oscuras. Todo me nutre.

El 22 de marzo de 2015 regresamos de Asia. Ese día comenzó el registro de mis movimientos por la Ciudad. A un año de distancia, tomo una foto de ese registro en un mapa y lo uso como representación abstracta y gráfica a la vez, de algo igual de objetivo y abstracto: mi paso por este mundo, o mejor dicho, la sombra digital de mis pasos.

El teléfono en mi bolsillo utiliza un complejo sistema de señales para encontrar mi ubicación, desde redes wifi y triangulación de antenas celulares hasta una gran cantidad de satélites del sistema GPS que orbitan fuera de este mundo. Líneas energéticas invisibles que se entrelazan para encontrarnos, magia de nuestra era que utilizo para dibujar con mi movimiento.

 

El exoesqueleto: La silueta de un hombre

Un año de Derivas

 

 

Un exoesqueleto es un esqueleto externo que agregamos a nuestro cuerpo, con el que le damos algún tipo de soporte, protección o recubrimiento: zapatos para caminar sobre la acera, una chamarra para cubrirnos el frío, una calle para ir rápido, una línea de metro para ir más rápido. Construimos esos exoesqueletos no sólo como accesorios, también les damos forma al usarlos, de la manera en que un hormiguero da forma a un surco de tierra a cada lado de su paso. Esos esqueletos son parte estructural de nuestro contacto con el mundo y cómo nos relacionamos con los otros. El andar de mi bici abre una minúscula brecha en el andar de otras bicis, y con él transformamos el entorno, de manera similar a la que la forma de movilidad de un auto también transforma el entorno de las ciudades. Es así también una fuerza, paralela a muchas otras, que moldean el rastro de nuestro paso por la Tierra.

En el mapa, los trazos largos y gruesos son rutas estructurales, lo más duro del exoesqueleto de la ciudad a la que doy forma con mi movimiento, mis vías de circulación primaria, arterias y avenidas de un ser más grande que el conjunto de todos.

Los trazos más delgados son a veces producto de Derivas, actos intencionales, con la finalidad de perderme, ir sin destino fijo hasta irremediablemente encontrar rumbo. Otras veces son el resultado de una ruta específica, proyectos o actos para buscar una forma deliberada y simbólica.

 

Derivasnocturnas

Vista de las Derivas a pié y en bicicleta en horario nocturno

 

Las Derivas nocturnas permiten andar despacio, con menos tráfico, en silencio. Muchas veces me llevaron por las calles al oriente del Zócalo, una zona de la ciudad donde casi nadie incursiona de noche: los comercios cierran y las calles casi se vacían. Salgo a la calle en mi bicicleta y silencio las ideas preconcebidas, abro mis sentidos y comienzo a escuchar con el cuerpo entero, dejo que el ambiente sea el que hable, pongo mi atención en las señales que recibo y no en un prejuicio. Así me encontré con la grata amabilidad de personas durmiendo sin techo en La Merced y la hostilidad de una camioneta de vidrios polarizados que ronroneó intimidante varios minutos detrás de mí en las calles de Polanco.

En el corazón de la imagen, que es a la vez el centro cartográfico, se encuentra el lugar desde donde me muevo, la representación simbólica de mi centro físico.

 

transporte

 

Agrego en rojo el resto de mis movimientos como registro del esfuerzo energético que requiere moverme, quemando combustibles o usando energía eléctrica. Es una manera de hacerme consciente de ello, y es también el resto de la ciudad moviéndose, el transporte público, los ejes, las avenidas, todos carne y hueso del ser que llamamos Ciudad de México.

 

La célula
Una pequeña célula verde un día se da cuenta de que es parte de un ser más grande, uno que crece, se mueve y transforma.  No sabe si las demás células lo ven o lo entienden de la misma manera, pero igual se lanza a la tarea de contar su descubrimiento al que pueda. Y la mejor manera que encontró para hacerlo fue moviéndose.

 

Mapas con diseño de: Move-o-scope
Recolección de datos: Moves App

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Viajeros en casa

Vineta-01

Cansados de la creciente rutina en que nuestras vidas fueron cayendo luego del viaje del año pasado, ese adormecimiento de los sentidos que implica tener una vida y un trabajo en la ciudad, Dariela y yo hemos decidido irnos de viaje a la Ciudad de México. Decidimos hacer de la vida cotidiana un viaje, tomar a la vida de frente y seguir aquel precepto de hacer lo que se quiere con lo que se tiene. Hacer de lo efímero de la vida una obra de arte que, en su conjunto, sea profunda y poderosa. Hacer de la vida un homenaje al acto de vivir, un acto mágico de autotransformación.

Nos vamos de viaje a la ciudad ante el absurdo que significa no poder vivir como se quiere sólo por vivir en una ciudad.

A veces se habla de viajar como algo muy lejano y costoso, casi imposible, como si el acto de viajar no estuviera a la vuelta de una caminata por un lugar tranquilo que permita pasear. Desconectarse un rato de la cotidianidad y hacer algo que nunca se ha hecho.

Irse de viaje con la maravillosa posibilidad que da tener una bicicleta, una movilidad que amplía las posibilidades como si la ciudad entera estuviera al alcance del vecindario.

Viajeros en casa es también una serie de proyectos inspirados en la vida de viaje:

El proyecto inicial: un acto simbólico para el subconsciente.

Llegar a la Ciudad de México y, como en esto de los actos mágicos podemos inventar lo que se nos dé la gana, decidimos llegar a la ciudad vía tren, estación Buenavista.

Con nuestras bicis, una mochila pequeña, nos hicimos una foto que marcara ese momento:

 

Viajeros en casa Estación Buenavista. Año 2016. El futuro es hoy. Pintura con luz

Viajeros en casa
Estación Buenavista.
Año 2016. El futuro es hoy.
Pintura con luz

 

Enseguida, como en cualquier viaje, andamos hasta un hotel, pedimos una habitación con vista a un parque, salimos a tomar una cerveza, una noche de recién llegados. Celebrar como acto de creación.

Es un acto para creer, porque si el subconsciente lo cree, la mente lo hará real.

 

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El ciclo de la vida en 18 flores de Loto

El cliclo de la vida en 18 flores de Loto

La vida se refleja a sí en todas sus formas, como un caleidoscopio que nos da reflejos de un mismo instante, ese instante es uno. Las etapas de la vida del loto son el reflejo de la luz en una joya, el sonido de la nota precisa, instantes de belleza suprema donde es el ojo que observa el que se descubre mirado en el loto.

¿Puedes ver que todas las flores son distintas?, ¿puedes ver los cambios en la edad? No vemos el cambio pues somos cambio eterno, sólo vemos la edad como reflejo de la propia, pero nunca la edad en sí misma: nuestra edad es la de las estrellas. Una larga flecha asciende desde lo más profundo, atraviesa el inframundo hasta alcanzar el cielo, en un instante milimétrico esa flecha es luz de la conciencia, la cúspide de la vida, al instante siguiente cae, regresa a la esencia de todo, se disuelve y es en la eternidad.

Hoy, en este instante, somos la vida en su máxima expresión de belleza, somos ese proceso atrapado en una esfera de cosmos.

El loto representa la resurrección. En India se dice que los dioses nacieron en lotos o padmas, es una metáfora para lo que representa convertirse en dios de uno mismo.

Dice el XIV Dalai Lama sobre las seis sílabas om mani padme hum: «significan que en la dependencia de la práctica de un camino que es la unión indivisible del método y la sabiduría, tú puedes transformar tu cuerpo, habla y mente impura al cuerpo, habla y mente pura y exaltada de un Buddha»

 om mani padme hum

(«¡om la joya en el loto hūṃ!»).

Om es cuerpo, habla y mente

la joya es el método,

el loto es la sabiduría,

hum es su indivisibilidad

El video también puede ser visto como un bucle interminable en la siguiente liga:

https://www.youtube.com/v/eJnZZioiXIM?version=3&loop=1&playlist=eJnZZioiXIM

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Interior de Hiperesfera

Ubicuo(a): El que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento

Mirar algo desde todos los puntos de vista provoca una sensación de omnipresencia, un salto a un mundo que no es nuestro, una visión holística del tiempo en que vivimos y a la vez  la capacidad de traspasar ese tiempo y mirar la esencia de lo que sucede. En un sistema complejo todas las partes están interrelacionadas y, en conjunto, exhiben propiedades y comportamientos  que sólo se hacen evidentes a partir de la suma de sus partes individuales. Así, esta hiperesfera revela un hipnótico fractal de formas que se transforman en sucesión constante. La hiperesfera representa la búsqueda de la totalidad, de una omnisciencia que nos transforme en pequeños dioses y nos deje verlo todo, aunque sea un por un instante interminable, esa búsqueda nos mantendrá en una transformación infinita.

 

Las hiperesferas son representaciones matemáticas de esferas en espacios de otras dimensiones. Herramientas para imaginar otras dimensiones. Ésta fue creada con la fusión de 53 imágenes individuales que forman una proyección total de la realidad y ésta, a su vez, es parte de 720 proyecciones con medio grado de diferencia entre una y otra que cubren los 360º de visión.  Cada una de esas 720 proyecciones requiere una fuerte carga de procesamiento en CPU y memoria; la complejidad del proyecto me llevó a la creación de un bot informático que genera de forma automática las proyecciones y que le tomó a la computadora más de dos días continuos de procesamiento exclusivo, sin contar las tomas, el revelado y la edición del video. Imagino que algún día podré hacer esto con un celular en 2 minutos. Por lo pronto, resultó ser uno de los proyectos más complejos en los que he trabajado.

El video está pensado para verse en pantalla completa como una visualización ambiental. Es, a la vez, una foto, un video y un protector de pantalla. Hacia el final de la canción, si se ha mirado fijamente la animación, cuando la imagen se paraliza, la ilusión del movimiento en el tiempo continúa en la mente, metáfora de la ilusión permanente en que vivimos.

El video tiene una licencia del tipo Copyleft de Creative Commons, cualquiera puede descargarlo y utilizarlo para otra canción o para cualquier otro fin (manteniendo la autoría original en los créditos, por favor), NADA TIENE DUEÑO, TODO LO TOMAMOS DE TODOS.

 
En la música:
Jah Waybridge — Adelphi
EarthJuice vol.1, 1998 

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Andar la ciudad. Una caminata de extremo a extremo

Andar no sólo significa desplazarnos, [singlepic id=2386 w=380 float=right]también implica apropiarnos, a través de los sentidos, del terreno. Para poder habitar una ciudad necesitamos andarla, de lo contrario nos convertimos en seres ciegos que como topos conocen únicamente las entradas y salidas a la realidad. Habitamos cajas y maquinalmente somos transportados por otras cajas; nuestra percepción del terreno permanece vedada, tan sólo una referencia geográfica, nunca el espacio real. Al andar a pie con los sentidos abiertos, rompemos ese transitar mecánico y repetitivo de las masas, nuestros sentidos comienzan a «construir» y apropiarse del espacio en la medida que avanzamos. Mirar requiere toda nuestra atención, y al enfocar esa atención, el ruido de la mente se silencia, comenzamos a mirar de verdad.

    [singlepic id=2402 w=380 float=left] Andar es también entregarse a los vaivenes de la conciencia, sumergirnos en lo mirado, llevarlo en la mente y al instante siguiente dejarnos atrapar por el nuevo paisaje en un ondular constante hasta que algo atrape de nuevo nuestra atención lo suficiente como para detenernos, sacar la cámara y hacer una fotografía. Un paseo fotográfico debe estar lleno de música, el ritmo de la ciudad a modo de soundtrack musicalizado transforma la calle en escenario y a la ciudad misma en personaje. Una caminata, a solas o acompañado, representa un acto de voluntad que entraña un deseo de poblar de instantes la soledad. Para quien pueda disfrutarlo, el paseo se convierte en un acto sanador de reflexión y aprendizaje.

    Donde sea que camino, no paro nunca de maravillarme, un acto de extrañamiento que permite ver siempre con ojos nuevos, un eterno turista que descubre el placer de habitar un paisaje siempre cambiante, inhalar el detalle hasta intoxicarse de él. Encontrar belleza donde la masa transita aturdida por sus pensamientos. Dice Baudelaire en El arte romántico: «este solitario dotado de una imaginación activa, viajando siempre a través del gran desierto de los hombres, tiene un objetivo más que el del simple paseante…  Se trata para él de sonsacar a la moda lo que pueda tener de poético dentro de lo histórico, de extraer lo eterno de lo transitorio».

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    Retoma la ciudad  fue un proyecto que consistió en cruzar la Ciudad de México a pie, desde su extremo sur hasta el norte. Un recorrido de aproximadamente 30 km en poco menos de 10 horas junto con Gis Méndez. Nadie en la ciudad piensa ya en caminar más de una hora para llegar de un lugar a otro, no como si fuera absurdo o inútil, pero como si fuese imposible. Vivimos en un mundo de cabeza, desconectado de la realidad, donde un acto tan simple y elemental como andar puede ser revolucionario, incluso prohibido en lugares donde el dominio del auto ha dado lugar a la desaparición de las aceras. La gran urbe de fronteras invisibles cuyas murallas son precisamente las distancias. Donde igual se recorren 30 km en 30 minutos o en 3 horas o en 10, y la sensación de estar atrapado nunca cesa.

     Sumergirse en la caminata para cruzar la ciudad fue una experiencia reveladora, cientos de detalles de zonas que había transitado en transporte comenzaron a aparecer, a momentos la percepción de la distancia y el tiempo se trastornó por completo. Pasadas un par de horas, comencé a sentirme cansado, pero cuando el objetivo está todavía tan lejano, no queda tiempo para rendirse. La ciudad es un ente que limita la visión de larga distancia, nada más allá de lo más próximo es visible, constantemente nos remite a la calle actual, al momento actual como fomentando la miopía de nuestras sociedades que sólo se miran a sí mismas. Aunque de manera local también la ciudad se transforma constantemente, a lo largo de su eje norte-sur, colonia a colonia va tomando la identidad de sus habitantes y estos la forma de su entorno. Así pasa de la zona universitaria a la comercial hasta la industrial y habitacional, a veces cruzar una avenida es suficiente para percibir un cambio total de ambiente. Se me reveló lo sabido, la ciudad es muchas ciudades, tantas como miradas tengamos.

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    La noche cayó y rumbo al final, faltando apenas unas calles, me invadió una sensación de asombro ante lo obvio,  caí en cuenta de que veníamos caminando desde el otro lado de la ciudad, una locura que nadie podía ver. Quería contárselo a la gente, pero todos siguieron su paso normal. Cruzamos la meta invisible sin premios ni comités de bienvenida, tan sólo con el goce de descubrir cómo el mundo se mira distinto a 3 km por hora, y con las manos en una cámara en lugar de en un volante.

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Nierika. Del huichol “nieriya”: Poder ver

Un Nierika es una herramienta ritual, un objeto mágico y cultural que conecta al pueblo Huichol con una espiritualidad divina. Para ellos el Nierila u “Ojo de dios” simboliza el poder de ver y entender lo inentendible, el gran misterio.

En Nayarit hace unos años conocí a Gonzalo Flores Cunare, un huichol que hizo para mi un Nierika tradicional que guardo con mucho cariño. Desde entonces siempre quise adentrarme en la fuerza que conlleva su elaboración. A él, con gran habilidad, le tomó una semana hacer el mío con hilo de colores sobre una tabla, este me tomó dos semanas de intenso trabajo, y para su elaboración me propuse el reto de usar únicamente caracteres de texto, alrededor de 6700 caracteres de las fuentes Curlz y Colonna MT colocados de manera individual forman la composición.

Para ver una versión en alta resolución dar click aquí.

 

Nierika

 

La ilustración es parte del libro Asteriscos de Carlos López con ilustraciones mías que pronto saldrá publicado por Editorial Praxis.

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