El día de la no acción: Alegoría al tiempo detenido

El día de la no acción

El día de la no acción

El 12 de marzo de 2016 pasé un día sin hacer nada. No probé alimento ni contesté el teléfono o la puerta, no hablé con nadie, no leí ni escribí nada.
Vivimos tan inmersos en una vida de tareas pendientes que no hacer nada parece una tarea casi imposible, un absurdo sin sentido.

Un día carente de toda acción. Sólo despertar, ir al estudio, marcar un círculo y sentarme a meditar dentro de él todo un día. En un intento anterior de este reto, hace unos años sentado en una cabaña frente al mar en una isla en Tailandia, me propuse una tarea imposible: mirar cómo se vería el mundo sin mí. No como algo fatalista o condoleciente. Me propuse no aportar ni quitar nada del mundo más allá de mi propia respiración. Me mantuve en ayuno y silencio totales en un intento por mirar algo imposible, algo distinto. Aquella vez, ir al baño se convirtió en un problema que desvió por completo mi atención. Fracasé en el intento, tal vez lo haga en otra ocasión. Esta vez me lo permití en una ocasión, ¿puedes encontrar el cuadro de video donde desaparezco?

Un día para abolir el tiempo, en que domine el ser a falta del hacer. Es un ejercicio de autorreconocimiento, un acto simbólico sobre la fuerza de voluntad y sobre mi manera de mirar el mundo. No hacer nada puede producir en algunos una sensación de ansiedad; tenemos que hacer algo, lo que sea. A menudo no hacer algo también produce culpa, como si no fuese merecido darnos ese tiempo. Pasamos días y días haciendo de todo, e igual los días se pueden esfumar sin sentido. ¿Qué es más productivo? hacer un montón de cosas sin sentido en un día o no hacer absolutamente nada en búsqueda del sentido de hacer. No hacer nada es hacer algo. En esta época productivista, se vive esperando el fin de semana como un tiempo para huir de uno, prender la tele y escapar de nuestra mente. Es el momento ideal para consumir, hacer uso de lo que generamos con nuestro trabajo. Éste es el eslabón más fuerte de la cadena que nos ata al sistema. La eterna espera del fin de semana, como el perro que persigue su cola, hasta que no puede más. Romper ese eslabón es darse cuenta de que nuestro tiempo es lo más valioso que poseemos, que está en uno aprender a disfrutarlo todo, sin importar lo que se haga o el día de la semana que sea.

Durante la «acción» me mantuve sentado sobre un círculo que delimitó mi movimiento. En la caligrafía zen, el círculo es la representación del concepto Wu wei (hacer sin hacer) de la filosofía taoísta, sobre el que esta acción está inspirada. El Wu wei (la no acción) es un modo de actuar que no deja marcas, es invisible y armonioso. Una especial forma de fluir sin influir, de vivir sin interrumpir y de favorecer sin impedir. Pilar de un tipo de pensamiento cada vez más escaso en el mundo, la práctica del Wu wei tampoco significa renunciar a la voluntad propia, más bien, trata sobre cómo integrarse a los procesos naturales, fluir como acto liberador de la necesidad de control. El Wu wei es una «quietud creativa», el arte de dejar estar, dejar fluir. No se trata de inmovilidad, de soportar lo que nos altera como acto estoico,  sino de utilizar el autoconocimiento y autocontrol en la búsqueda de cambio, en el descubrimiento de las virtudes propias para fluir ante lo adverso. Lo único que podemos cambiar está en nuestras manos: nuestro comportamiento. De ahí sólo podemos reflejarlo al exterior para contribuir a uno más profundo. La no acción es un tipo de pensamiento que sirve como instrumento de transformación de una sociedad, aunque de manera muy lenta. Valora el proceso de germinación y cultivo sobre la forma simplista de nuestro tiempo de sembrar para cosechar, presionar un botón y obtener respuestas inmediatas, comida rápida que ignora por completo su proceso, vidas desconectadas de los procesos naturales. Este tipo de cambio no está diseñado para quien piensa eso de que «aquí las cosas no funcionan así, que es imposible lograr que la gente tome conciencia, que por eso hay que obligarlos a respetar». Esto que escribo va para quienes creen que es mejor informar y promover una idea que legislar e imponer una norma, invitar en lugar de forzar, apelar a la responsabilidad individual en lugar de imponer sanciones y controles.

Un gran ejemplo de esto lo vimos en días recientes con la imposición de un límite de velocidad a los autos y medidas coercitivas para su aplicación con cámaras, multas exorbitantes y una campaña con tintes de terrorismo de Estado, cuando lo que hacía falta era sensibilizar y hacer entender a los conductores sobre los beneficios de mantener baja la velocidad de un auto con toneladas de peso en una ciudad donde se convive con millones de peatones y otros vehículos. Al final la movilidad se trata justo de eso, de moverse, y disminuir la velocidad es una manera mucho más eficiente para que todos se muevan mejor, nos hace sensibles al bien común. Al final, todos terminaron perdiendo: los límites no son respetados, el ingenio mexicano inventó un montón de trampas para saltar los controles y las pequeñas calles, donde no hay cámaras y es más peligroso andar a alta velocidad, terminan siendo el desahogo de miles de automovilistas enojados y frustrados. La medida coercitiva termina resultando contraproducente.

La filosofía del Wu wei piensa que un estado injusto de las cosas no puede superarse con un movimiento de reacción que fuerce la realidad e imponga un nuevo tipo de desequilibrio, que perjudique a los que antes eran beneficiados y beneficie a los antes perjudicados. Sirva esto desde la imposición de un reglamento hasta la consumación de una revolución. Como algunos podrán ver ya, el Wu wei es el origen del anarquismo y muchos otros movimientos libertarios.

 

 

Alegoría al tiempo detenido

Una fuerza poderosa se revela en uno cuando te toma 45 minutos realizar un movimiento de manos desde las rodillas hasta los ojos. Un movimiento que en video final dura un par de segundos pero que, vivirlo consciente, milímetro a milímetro, te da una perspectiva por completo distinta del fluir del tiempo, de la fuerza y energías que interactúan con el cuerpo. El acto de no acción resultó en una alegoría al tiempo, al que uno se puede dar, al que transcurre inexorable más allá de nuestro control, y una profunda enseñanza sobre cómo fluir con ese tiempo, dejar ser, dejar pasar.

El día comenzó con una larga meditación para estabilizar mis ritmos interiores, hacerme a la idea que no habría comida y reducir mi metabolismo. Después, como acto simbólico fui colocando en un semicírculo alrededor de mí, capullos secos de Selaginella lepidophylla, planta conocida como flor de Jericó o flor de la resurrección, ya que al hidratarse, esta planta seca vuelve poco a poco a la vida y reverdece en el lapso de unas horas. Así, a manera de reloj natural, dividí el día en cinco partes y el eclosionar de las plantas generó una hermosa danza de tiempo en espiral a mi alrededor, como si fuesen pequeños astros orbitando en una constelación personal. La escala en la que el tiempo fue registrado en video por la cámara fue abismal: un cuadro cada 30 segundos, eso es, proyectado a 30 cuadros por segundo, un segundo de video cada quince minutos de tiempo común. Es una escala que disuelve el ego: un minuto sentado sin hacer nada es una fracción mínima, indistinguible de algo que podría perdurar, algo así como lo que para la totalidad de la vida significa un día, una fracción mínima pero significativa, sí es que lo podemos ver. Entrar en esa escala, saber de la presencia de la cámara, «vivir o sentirse vivo» una vez cada 30 segundos me transportó a una medida de tiempo distinta, un tiempo de planetas, desde donde todo transcurre en órbitas, en ciclos interconectados, hacer presente que todo depende de la escala con la que se mira.

El día fuera de la ventana transcurrió a su paso regular. Me dejé llevar por el flujo, jugar con el tiempo detenido dentro del círculo. Mucho se puede hacer cuando no hay nada más por hacer. Poner atención en el cuerpo mientras éste se mueve con mucha lentitud produce sensaciones fuertes y fáciles de observar, un estado de conciencia plena. No sufrí el hambre, pero el andar lento requiere mucha fuerza física y acabé con la energía de mi cuerpo. Como si la energía destinada a la digestión fuera dirigida a la mente, una claridad inusitada me inundó. Fue un ejercicio que recomiendo a cualquiera [con su debida preparación], desconectarse temporalmente de todo, aventurarse a conocer su cuerpo desde dentro para recobrar la conciencia de sí. También se pueden hacer aventuras similares: un día sin comprar nada, un día sin comer nada procesado, un día sin transporte motorizado.

El tiempo que tenemos es único y precioso, aprender que podemos detenerlo, como en un acto de magia, mientras el resto del mundo sigue, para así contemplar la joya atrapada en cada instante.

 

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